Para Abril, representar esta historia fue un desafío profundo. “Teníamos que alzar la voz de quienes fueron silenciados y hacerlo con mucho respeto”, contó. Bailarina desde los nueve años y con una década de experiencia en el carnaval, la integrante de Imperio asegura que esta edición tuvo un significado especial: “Sentí una responsabilidad extra porque estábamos contando una historia verdadera y queríamos que la gente la entendiera”.

Además de su experiencia en danza, es estudiante de Profesorado en Educación Física, lo que le permite combinar su formación académica con la preparación física y técnica que requiere la batería y la danza en el carnaval.
Cada gesto de la puesta en escena buscó transmitir la conexión con la tierra y las raíces culturales. Uno de los símbolos más poderosos estuvo en sus pies descalzos: los manecos, en su época, caminaban largas distancias a la escuela con un solo par de alpargatas y, para no ensuciarlas, regresaban descalzos, buscando maneras de mitigar el frío. Ese detalle, incluido en la performance, representó humildad, resiliencia y vínculo con la tierra.

El vestuario de Abril también reforzaba la historia: inspirado en los colores de San Baltazar, con una corona alta que simbolizaba alegría y protección, buscaba transmitir la espiritualidad y el cuidado hacia los manecos.
Detrás de cada minuto en escena hubo meses de preparación física y mental, clases de danza afro y entrenamiento en oratoria. Abril confesó que lo más desafiante de ser reina de batería es ganarle a la mente, porque la concentración y la energía son clave para que la historia se transmita con fuerza.

Más allá del ritmo y la danza, su representación dejó claro que la memoria y la identidad también se celebran en el carnaval, recuperando historias que no deben olvidarse y manteniendo vivo el legado de quienes las protagonizaron.
Fotos: Guido Digioia



























