A partir de una conversación con Camila Rodríguez Bogado, Porta Estandarte de la Comparsa Imperio del Carnaval de Concordia 2026, queda en evidencia de que existieron relatos históricos de la ciudad que, durante décadas, permanecieron en silencio.
Uno de ellos es el de los Manecos, una comunidad afrodescendiente cuya historia estuvo invisibilizada durante mucho tiempo. Sin embargo, en los últimos años comenzó un proceso de recuperación y visibilización que también puso el foco en un aspecto muchas veces olvidado: el rol fundamental de las mujeres dentro de esa historia.
Camila, desde un trabajo de investigación de interés propio y acercamiento a la historia maneca, que surgió a partir de su participación en la Comparsa que planteó esa temática para este año, afirma que lo primero que la impactó fueron sus ganas de vivir y su profundo deseo de libertad.

¿Qué significó para vos adentrarte en una historia que durante tanto tiempo estuvo invisibilizada?
El legado maneco para mí fue un viaje ¡otro viaje con Imperio! Fue un recordatorio, fue apertura y fue reparación.
Significó recordar porque, en la vorágine que vivimos como sociedad, olvidamos algunas luchas o las damos por terminadas y resueltas, pero lamentablemente todos los días hay espacios sociales o cierto tipo de individualidades que nos demuestran con injusticia, odio, violencia e ignorancia que eso no es así, de manera sistemática.
Significó apertura porque esta historia me mostró ausencias que, hasta llegar al legado maneco, no había notado y no me había cuestionado. Concordia hace eco de todas las ascendencias (sobre todo las europeas) pero habla bajito cuando hay negritud; si bien de un tiempo a acá estamos atravesando momentos de revisión, reconstrucción y reparación histórica, es imposible negar el racismo incrustado en nuestra historia. Y a su vez, me hizo poner aún más en valor, mirar con mucha más ternura y orgullo los espacios sobre todo culturales de nuestra ciudad que sí se han encargado de sostener el legado afro-concordiense.
Y por últimosignificó reparación, porque ese fue el objetivo colectivo desde un principio: poder sumergirnos para entender y enriquecernos con información para poder mostrar en el carnaval esta historia como acto de justicia y reconocimiento, como acto de memoria. Me atrevo a decir que se logró, y que es una tarea para continuar la difusión de esta historia, porque abrazarla hizo mucho bien; no solo visibilizó a los manecos y manecas en Sajaroff, visibilizó a cada esclavo borrado de nuestra historia, a cada comunidad discriminada, a cada afrodescendiente.

¿Qué cambia cuando la cultura popular —como el Carnaval— decide contar esta historia desde una perspectiva más consciente y profunda?
Cambia que el carnaval deja de ser solo un espectáculo para convertirse en un espacio de enseñanza, de reflexión y memoria. Comparsa Imperio está justamente en esa búsqueda constante, la de utilizar el espacio que tiene para crear conciencia, para replantear o redescubrir historias, para aportar desde el arte y la pasión al capital cultural de nuestra ciudad con contenido y compromiso.
Cuando una institución como Imperio, que tiene trayectoria en el Carnaval (al igual que las demás comparsas), decide usar las herramientas que tiene para compartir estos relatos, ayuda al conocimiento y la puesta en valor de una parte de nuestra identidad. Los espacios culturales que trabajan con perspectiva y conciencia producen conocimiento, y Concordia, por suerte, tiene muchos de ellos.

Dentro de ese proceso de investigación, ¿fue fácil encontrar a las mujeres en los relatos históricos?
Las mujeres aparecieron como faro, fue muy fácil encontrarlas en los relatos. Porque fueron ellas, históricamente, las que se encargaron de preservar el legado: de manera oral con los relatos de sus antepasados, con rezos, con sus prácticas de medicina tradicional, replicando y enseñando su arte, resguardando su origen entre prendas de vestir y formas de peinar su pelo. Pero además, las descendientes de esta gran historia están incansablemente involucradas en esta recuperación y reparación de la historia maneca; estas mujeres siguen cuidando y propagando la historia dándole legitimidad y visibilización.
¿Qué lugar ocupaban las mujeres dentro de la comunidad maneca más allá de los roles tradicionales que se suelen mencionar?
Ellas eran gestoras de una red de espacios, actividades y encuentros que solo ellas sabían cómo llevar adelante de forma tal que fuera fructífero y trascendente para la comunidad; se convirtieron en historiadoras orales porque se encargaron de sostener y cuidar todo lo que eran: origen, idioma, religión, danzas, música, vestiduras. Ellas eran esenciales porque fueron guardianas del espíritu comunitario y trinchera de resistencia para el dolor deshumanizante que habían vivido, fomentando arduamente el valor de lo colectivo con alegría, disfrute y orgullo por su identidad.

¿Hubo algún testimonio, dato o relato sobre ellas que te haya marcado especialmente?
Sí, hemos leído muchas historias y escuchado testimonios de escenarios inimaginables para nosotros. Una de las historias es sobre el uso de los pañuelos. Yo tengo rulos, los luzco muy orgullosa desde los 13 años, bastante chica en comparación a la “rulo-vivencia” de otras mujeres; hoy tengo 25, es decir que la mitad de mi vida mis rulos un poco me incomodaron. En realidad, la opinión externa hizo que me incomodaran. Las manecas usaban pañuelos para más de una ocasión o función: para resguardar sus trenzas (que fueron usadas como cartografía), para complementar sus atuendos tradicionales porque era cotidiano su uso, para hacerse la toca como nos contaba Romina (descendiente de manecos); pero también hubo mujeres que los usaban intentando ocultar su rasgos por la discriminación que tenían que tolerar. Ahí es donde llega la identificación; nunca me sentí discriminada como tal y mi situación ni siquiera se acerca a la segregación que sufrieron las manecas, pero sí pude empatizar rápidamente con esta situación que me ha marcado a través de gestos y comentarios constantes acerca de cómo lucían mis rulos, porque lamentablemente hasta la actualidad el pelo mota o el pelo rizado cargan con prejuicios que vienen de una construcción de estereotipos de belleza que nos alejan de lo que somos, donde nos piden controlar, alisar y arreglar nuestro pelo, es decir, negar nuestra identidad.
Por suerte tuve un entorno que adoró mis rulos, incluso cuando yo no lo hacía; mi papá se sentía cómicamente traicionado cada vez que me planchaba el pelo y mi mamá, contradictoriamente cómplice en este acto, porque ella entendía cómo me sentía. Me es reconfortante poder decir que en este tiempo de resignificación, reparación histórica y revalorización también están incluidos los rulos en todas sus versiones y patrones. Aunque pueda sonar muy banal, nuestra estética y nuestro pelo también han sido un medio para favorecer ese control implícito sobre la mujer que tanto se lucha por erradicar.

Como conclusión, Camila sostiene, enfáticamente, que las manecas debieran ocupar un lugar visible en la memoria de Concordia, simplemente porque forman parte de su historia, de la identidad de la ciudad: “El reconocimiento a estas mujeres implica un cambio en la manera en que elegimos contar la historia de nuestra identidad; lo que uno decide decir y lo que no, importa. El contenido de los relatos oficiales es una decisión sociopolítica; por eso es de suma importancia poner en escena, figurativa y literalmente hablando en el caso de los espacios culturales, las experiencias de estas mujeres con su intervención en la sociedad y su legado. Reconocer a las manecas es reconocer la afroargentinidad que hay en la ciudad”.
Fotos: Guido Di Gioia.



























