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Criar en portugués sin «falar» bien

Desde Brasil, me pregunto: ¿qué aporta la crianza bilingüe o multilingüe? ¿Estoy complejizando la relación con mi hijo o estoy ofreciéndole una nueva forma de ver el mundo?

Me topé en Instagram con un posteo de @danai_psychotherapy, una psicoterapeuta griega que vive en Finlandia con su marido finlandés y la hija de ambos de unos cuatro años. Ella comienza diciendo: “Sé que soy su mamá en todos los idiomas, pero criar a una niña multilingüe en un país extranjero me hace sentir que a veces soy la extraña de la familia”. Danai nos cuenta que vivir en Finlandia, donde no se habla su lengua materna, nunca había sido una cuestión que la incomodase, hasta que se convirtió en mamá. Fue ahí cuando se dio cuenta de que el mundo que compartía con su hija por momentos requería cierto grado de adaptación de su parte, de pensar en cómo decir las cosas, de perder su naturalidad para encontrar la forma de expresarse, aun cuando entre ellas hablan en griego. Esto se debe a que el mundo de su hija se va construyendo en finlandés —sus amistades, su juego, su relación con su papá, entre otras—. Es en este punto que Danai introduce un término muy interesante, el de «resonancia emocional del idioma», que es la capacidad de una lengua para evocar, sentir y procesar emociones con diferente intensidad según sea nuestra lengua materna o una segunda lengua.

Ver el mundo con nuevos ojos

Esto me llevó a pensar en mi propia experiencia al estar criando a un niño argentino entre el español y el portugués. Actualmente vivimos en Garopaba, estado de Santa Catarina, al sur de Brasil. En casa hablamos en español ya que tanto su papá como yo somos argentinos, pero nuestro hijo va a la escuela en portugués, sus primeras amistades se están forjando en ese idioma y su juego es cada vez más el del idioma de la samba que el del tango. Hasta leer el artículo de Danai tenía muy en claro que para mí la crianza bilingüe, con este grado de inmersión en una cultura ajena, me satisfacía y hasta diría que me hacía sentir orgullosa.

Siempre pensé que al enseñarle otros idiomas a mi hijo le estaba dando la oportunidad de ver el mundo con nuevos ojos. Acá, cuando agradecemos nos suelen responder con un «Imagina» que es poético y nos hace reflexionar, a diferencia del «De nada» que decimos en español argentino y que yo siento apático —en comparación a la respuesta colombiana de «Con mucho amor» que encuentro más acertada en ciertas oportunidades—. En contracara, no existe el término «Gracias» sino que se dice «Obrigado», que viene de obligación, cuando la mayoría de las veces no agradecemos por tener que hacerlo sino como un lindo gesto de reconocimiento hacia un otro.

Un término que me encanta del portugués es «pegar praia» que se traduciría literalmente como «agarrar la playa» y evoca a cómo ir a la playa es mucho más que moverse hasta allí, es una actividad que te atraviesa, te modifica y se queda con vos por un tiempo, no solo por la sal del mar que se pega en la piel, sino por el hecho de cómo te puede relajar, cambiar el humor, desconectar de las cuestiones cotidianas, etcétera. Y esto es algo que me toca de cerca, porque al ser una concordiense que se crió entre el río y el lago, es una expresión que con los años va tomando más valor emotivo. Yo me fui de Concordia, pero todo lo que «pegué» de esas aguas me sigue a donde quiera que vaya.

Además, seamos de donde seamos y hablemos como lo hagamos, siempre lo hacemos también en otros idiomas sin siquiera percibirlo. Leímos hace unos días, en casa, un libro que se llama «O Tupi que você fala» (El Tupí que hablás) y entendimos que palabras que usamos cotidianamente como abacaxí (ananá), cajú, el tan ahora célebre capivara, maracujá y gurí provienen del idioma tupí del pueblo originario igualmente designado.

Libro O Tupi que você fala de Claudio Fragata, ilustrado por Mauricio Negro.

La cuestión del idioma como conductor de emociones y sentires, de formas de ver el mundo, me hizo reflexionar y cuestionarme: ¿es realmente una herramienta lo que le estoy dando a mi hijo? ¿Qué aporta la crianza bilingüe o multilingüe? ¿Estoy complejizando la relación con él, y su propia experiencia con el entorno, al criarlo en otra lengua o estoy abriendo su mente tal como creía? Entonces hice lo que mejor me sale, llamar a amigas que están en la misma y conversar para darle vueltas al asunto.

Aprender a atravesar el miedo

Hablé primero con Morgan, una francesa casada con un argentino y mamá de Lihué, de cinco años. Morgan resaltó durante toda nuestra conversación que, como padres, venirse a vivir a Brasil y llevar una vida en portugués, lo primero que les trajo fue el aprender a atravesar el miedo de que su hijo deje de hablar el idioma de sus padres, que de por sí ya son dos. Lihué comenzó a aprender a leer y escribir en un tercer idioma y, por ende, la transmisión de la cultura y la creación de sus recuerdos son en el portugués del sur de Brasil. Esto les trajo una nueva construcción del vínculo entre los tres, nuevas miradas y una experiencia muy enriquecedora. “Es increíble ver el poder de adaptación de los niños y eso nos ayuda, como padres, a soltar los miedos”, recalcó. También, hizo hincapié en que se dan muchas situaciones divertidas ya que, por momentos, se encuentran haciendo una mezcla entre el francés, el español y el portugués, y logran entenderse.

De izquierda a derecha: Morgan, Celina y Lea.

Entre cuatro idiomas

Luego hablé con Lea, alemana, que junto a su marido argentino, Chris, hoy eligen criar a su hijo, León, entre el alemán, el español y el portugués. Para Lea, el portugués es su cuarto idioma, ya que su lengua madre es el alemán, su idioma del amor es el español, a esos le sumó el inglés y, posteriormente, el portugués que va aprendiendo en la cotidianeidad y a los tumbos. Junto a Chris, crían a su hijo con el portugués como el idioma del jardín, las amistades y el contexto. En nuestra charla, Lea resaltó que, frente a terceros, se dirige a su hijo en portugués para que las demás personas entiendan, se generen conversaciones, poder así incluir a León y a sus amigos.

Me cuenta que, muchas veces, aparece la frustración al no poder expresar exactamente lo que quiere, que no siempre le resulta práctico ni mucho menos fácil hablar en portugués. “Aparece la frustración, pero más que eso inseguridad. A veces me bloquea entrar en contacto con la gente, por no saber hablar bien y sentirme como una b*luda. Pero siempre es lindo conocer otro idioma, porque abre un nuevo mundo en expresiones, nuevas metáforas y otros sentimientos transportados por el idioma. Crea otras personalidades también. Es muy lindo poder compartir esa variedad y ese entendimiento en diferentes idiomas con mi hijo”, resaltó Lea. Ella siente que en alemán es más dulce y suave, pero que en español suena más rígida e inflexible.

Chris, marido argentino de Lea, al retomar el punto de las personalidades, resaltó que cree que para su hijo va a ser diferente, que León va a poder ser él mismo en todos los idiomas porque se los presentaron desde una edad muy temprana. De hecho, León habla alemán muy fluidamente y cuando están en Alemania le resulta muy peculiar ver cómo su carácter no se corresponde con el idioma, ya que es un niño extremadamente dulce y sensible al que le encanta abrazar a quienes quiere, pero allá eso no es muy común. “Se dan ese tipo de conjunciones”, dijo sonriendo.

Dos idiomas en el tablero

Mi última entrevistada fue Sabrina, argentina que junto a Davi, brasileño, tienen dos hijos: Nilo y Greta. Sus hijos hablan portugués como primera lengua y español, como segunda. A diferencia de los casos anteriores, para estos niños solo hay dos idiomas en el tablero. Sabri me contó que en su casa adoptaron el portugués por su propio interés de aprender ese otro idioma. Igualmente, siempre se ocupó de introducirles el español a sus niños y su objetivo es que hablen con fluidez ambas lenguas. En lo cotidiano acontece que hay frases o latiguillos que sus hijos no entienden en español y eso hace que tenga que tomarse más tiempo en explicarles sus expresiones, y cuando dice “tiempo” también hace énfasis en la paciencia que eso conlleva. Sabri confesó que, aunque por momentos se hace arduo, es algo que le gusta, porque la hace reflexionar sobre lo que dice y cómo lo hace. Siente que criar a sus hijos en ambas lenguas es una fortaleza y, aunque comparte esta cuestión de la adaptación que mencionaba al principio, no dejaría de hacerlo.

Ver el mundo con otros ojos

En lo personal, creo que el lenguaje es mucho más que el idioma que hablamos, ya que incluye la musicalidad, el cuerpo, nuestras expresiones y movimientos. Después de estas charlas, refuerzo la idea de que criar un hijo de forma multicultural y multilingüe siempre va a ser darle más herramientas para la propia vida.

Los hijos nos enseñan desde el primer segundo a desapegarnos de expectativas y preconceptos, y darle un idioma a mi hijo que no es el propio y que, muchas veces, no entiendo del todo, es parte de eso; es darle herramientas para que transite su propio camino que, desde ya, no es el mío ni el de su papá. Lo mismo con cualquier otra experiencia que nosotros no hayamos atravesado pero que le queramos mostrar. Es posible que este otro idioma haga que me quede fuera de su mundo, pero lo mismo podrá pasar cuando llegue a la adolescencia, escuche y baile músicas inentendibles para mí o comparta más tiempo con la familia que él mismo arme y yo deje de conocerlo en cada detalle como hasta ahora, que tiene tan solo cuatro años. Pienso que dar más herramientas y oportunidades es lo que puedo dejarle para que viva, vea y entienda este mundo de nuevas formas, lo repiense y así se repiense. Lo mismo hicieron papá y mamá conmigo y hoy, con certeza, es algo que les agradezco.

Gracias por llegar hasta acá. Te invito a seguir viendo, leyendo y escuchando sobre estos y otros temas que me (nos) interpelan en @oidmortalesradio, @3200cultura y @celinastra.

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